Cuando me encuentro caminando por algún lugar con mi propia compañía, usualmente siempre estoy pensando en cosas que podría escribir aquí, lamentando no poder hacerlo y proceder a olvidar tales pensamientos.
Estaba en el cuarto de ensayo, rodeada de músicos que no dejaban de hacer bulla, lo cual me parecía sumamente estresante ya que estaba siendo víctima de un terrible dolor de cabeza. Abracé a alguien y me dejé abrazar, como si esa persona fuera a darme absolutamente toda la tranquilidad que necesitaba en ese preciso instante. Además, ya hace varios días que necesitaba de un buen abrazo que me consuele, aunque él no tuviera de la más mínima idea respecto a cuán oscuros habían sido mis pensamientos en estos días. Salí de allí, algo amarga, como siempre, y lo dejé. Abandoné la idea de retirarme con él, la idea de ir a casa a descansar ya que me encontraba muy mal, la idea de asistir a una reunión con unos amigos que no suelo frecuentar, aunque quisiera. Entré al bus, me senté y, sin razón aparente, sentí el ambiente muy acogedor, aunque no terminaba de gustarme. Saqué el libro y leí mucho, me adentré tanto en la lectura que olvidé todo lo que pasaba alrededor. Luego de unos minutos, debido al tráfico, el conductor decidió cambiar de ruta, se adentró por unas calles horribles y apagó las luces del bus que estaba lleno de personas. A causa de la ausencia de luz, me vi obligada a cerrar el libro y contemplar la situación. Lo usual hubiera sido que estuviera aterrorizada por las posibilidades de que alguien me robe, secuestre o algo parecido, pero no fue así. Inexplicablemente, empecé a disfrutar el viaje, cerraba los ojos cada vez que recorríamos una curva, tal montaña rusa y no sentí miedo. Deseaba tener un poco de música para hacer la experiencia mucho más fascinante, pensaba en cuán loca era mi situación disfrutando el hecho de estar en un bus lleno de personas desconocidas que seguramente estaban preguntándose, al igual que yo, dónde iba a terminar el viaje. El chofer nos dejó en cierta esquina cerca al paradero en que planeaba bajar. Tomé dos carros más y al fin llegué a mi destino. La llamé, quedamos en vernos en cierto punto cerca al parque y procedí a caminar. En el bolso llevaba dos libros, uno que contenía varios cuentos de Edgar Allan Poe, aunque prefiero sus poemas, y El túnel de Sábato. El saber que llevaba tales libros me hacía sentir una persona interesante, decidí sacar El túnel y retomar mi lectura, mientras caminaba. Traté de enfocarme totalmente en sus páginas, sin mirar alrededor, aunque no podía evitar pensar en que hubiera sido muy satisfactorio si alguna persona contemporánea hubiera decidido detenerme con la excusa de que no pudo evitar dejarme ir debido a que era tan difícil encontrar a alguien despreocupada por el clima, las grietas en la acera, el fuerte viento y la superficial gente alrededor, mas bien preocupada en no dejar de leer. Como si esperase que el semáforo de luz roja por mucho tiempo para que el libro pueda robarle un poco más de tiempo. Obviamente, eso no pasó. Volviendo al tema, llegué a mi destino y ella me encontró sentada en una banca, tuve que guardar el libro y mirarla, conversar lo usual. Me sentía querida y yo también la quería. No importaban quienes me estaban esperando en ese preciso momento, yo solo quería estar con ella y darle todos los besos que pudiera. Nos conocimos un poco más y luego de un par de horas tuvimos que proceder a retirarnos. No quería dejarla ir, pero tuve que hacerlo. Decidí tomar el camino más largo y caminé a lo largo de todo el parque, acariciando un gato de vez en cuando. No sé por qué, pero me encontraba en un estado totalmente reflexivo, analizando absolutamente todo lo que se cruzaba por mi camino. Encontré una librería, decidí entrar y ver qué cosas tenía. Amé tanto el silencio que había allí dentro, como si todas las páginas tan solo pensaran en llegar a mis ojos y, en consecuencia, a lo más profundo de mi alma. En ese momento deseé poder leerlos todos, pero no me encontraba en la posibilidad de comprar alguno. Crucé el pasillo y encontré una sección de libros de música con la que me quedé maravillada y maldecí el hecho de no tener el dinero suficiente. Yo amo cuando los buenos libros y la buena música influyen en mi ser. Salí de allí y caminé a lo largo de toda una calle llena de distintos tipos de bares, mientras pensaba en cuánta gente interesante podría estar tan solo un metro de mí, pero aún así no podía conocerles. En fin, tomé el otro bus, me senté, abrí el libro y lo leí con amor, como si alguien sumamente parecido a mí lo hubiera escrito para que solo nosotros dos nos entendamos. Llegué a mi destino, tomé otro bus y a la hora de subir me encontré en un altercado con una señora mayor que decidió patearme, mientras yo subía los escalones. Felizmente, solo logró empujarme, aunque yo, terriblemente enfurecida, le grité muy fuerte diciéndole que quién se creía que era y que a mí no me importaba que fuera mayor, que, de igual manera, sus actos demostraban cuán bajo intelecto tenía y que mejor se callase porque solo lograba quedar peor. Los demás pasajeros se metieron en el asunto, algunos de su lado y otros del mío. Debo destacar la presencia de una señora desconocida que no hizo más que defenderme durante todo el viaje, hasta me pareció que ella se incomodó muchísimo más que yo. Ella recibió algunos insultos, pero no le interesó y siguió defendiéndome apoyándose en la idea de que ella vio cómo ocurrió todo y que no le parecía que por el simple hecho de que yo sea joven deba quedarme callada y mantenerme sumisa. Dijo que yo, tranquilamente, podría haberle contestado con un golpe a la otra señora y que tenía todas las de ganar, era cierto. Yo seguía con el malestar corporal que había sufrido en todo el día, hasta tuve náuseas y, de la nada, me dieron unas terribles ganas de llorar, por lo que decidí mantenerme callada por el resto del viaje, lanzando uno que otro comentario de vez en cuando . Finalmente, bajé del bus con una actitud serena y procedí a caminar con la frente en alto.
